martes, 7 de mayo de 2019


GUSTAV

Esto sucedió en el verano de 1941. Al poco de amanecer, João gritó que había un tiburón muy raro por la amura de babor, a un par de millas de distancia. El capitán miró con el catalejo y nos dijo: "Si en el cine no es todo mentira, eso es un periscopio". Nos asustamos. En las películas y en los noticiarios, submarino y torpedo iban de la mano. El capitán añadió: "Si no me equivoco, viene hacia nosotros". Alguno empezó a rezar. Yo dije que era absurdo torpedear un barco de pesca, pero el tío Azinheira se temió que hicieran con nosotros un ejercicio de puntería. El capitán ordenó: "Quietos todos. Si quieren robarnos la pesca, se la damos sin rechistar. Mejor pobres que muertos".
Cuando estaba a un tiro de piedra, salió a la superficie y se fue acercando lentamente. Aunque teníamos miedo, la verdad es que lo mirábamos embobados: un dinosaurio marino no nos habría asombrado más. Enseguida vimos salir a cuatro militares a lo alto de la torreta, en cuyo lateral se leía el número del sumergible: U-573. Supuse que serían oficiales, pero nunca entendí de uniformes ni de galones. Usaron un megáfono. El capitán dijo: "Eso no es inglés. Son alemanes". Nosotros no teníamos megáfono, pero João era capaz de cantar en el balcón de su casa y que lo oyera todo el pueblo, así que le tocó saludar. Tanto si entendieron como si no, a los diez minutos ya estaban en nuestro barco dos oficiales y dos marineros con metralletas, y su bote amarrado a nuestra escotera. A esas alturas ya quedaba claro que no pretendían hundirnos ni matarnos. Por señas nos explicaron que querían pescado y que nos darían algo a cambio. La intuición del capitán se hacía realidad. No sé qué comerían ahí dentro, pero tengo la certeza de que las seis cajas que se llevaron, tres de sardinas y tres de calamares, les sentaron de maravilla. Nos indicaron que debíamos esperar y remaron hasta el submarino. Entretanto, se abrió una escotilla en su cubierta y sacaron lo que parecía un cadáver. Ese era el regalito: un hombre herido que dejaron en nuestra cubierta como si fuera un fardo sin valor. Mientras volvían a bordo y maniobraban para alejarse, no nos atrevimos a atenderlo. Después, al comprobar la palidez, la fiebre y el tiro que le habían metido en la barriga, el capitán dio orden de arranchar y regresar a puerto.
El muchacho, pues no tendría más de veinte años, sobrevivió, gracias al buen hacer del doctor Martins y a los cuidados de su doncella, una moza pequeñita de grandes ojos negros que se sintió atraída sin remedio por un tipo tan grandote, tan rubio y tan indefenso. El doctor asumió el amparo del misterioso joven con naturalidad: entendió que su obligación profesional incluía no consentir que las autoridades investigaran su procedencia hasta que lo consideró totalmente recuperado, dos meses después del incidente del submarino. He dicho misterioso, sí, y la verdad es que todo el pueblo estaba intrigado y deseando tener alguna explicación verosímil. El muchacho no era inglés, lo que habría tenido alguna lógica, pues podría ser un prisionero, sino alemán, y para colmo de extrañezas, un alemán sin uniforme: había salido del U-573 con ropa de paisano, un pantalón astroso y una camisa de franela llena de sangre, lo que, en principio, significaba que no era un militar. Los rumores se extendieron como el polen en primavera: unos decían que era un espía, aunque maldita la cosa que podía espiar en el pueblo; otros, que era un SS al que habría herido el mismo capitán del submarino, harto de recibir órdenes de un comisario político; otros, en fin, opinaban que se trataba del cocinero de a bordo, tiroteado por un oficial que lo había descubierto envenenando la comida. Por raro que parezca, esto último era lo que tenía más sentido, pues podía explicar todas las circunstancias: la herida de bala, la ausencia de uniforme y el robo del pescado.
Cuando el doctor Martins dio por sano y salvo al alemán, los guardias lo encerraron en el sótano del ayuntamiento, mientras el alcalde esperaba instrucciones de las autoridades competentes. El alemán, que decía llamarse Gustav, estaba encantado de haber salvado la vida. Había empezado a chapurrear portugués y salía de paseo por el pueblo todos los días con una pareja de guardias; de hecho, parecía que los tres hacían la ronda y que él era el más contento con su trabajo. La doncella del doctor, Teresa, se hacía la encontradiza para poder cruzar unas palabras con su rubiales. Poco a poco, los rumores adelgazaron y la gente se acostumbró a ver al prisionero como una especie de turista excéntrico, una peculiaridad, algo de que hablar con quienes no fuesen del pueblo.
Un día, durante el paseo, los guardias y Gustav fueron testigos de una pelea con navajas en el puerto. Una discusión sobre una gorra caída al agua podía terminar en tragedia. Los guardias gritaban, amenazaban con disparar, pero no se atrevían a separar a los contendientes. Entonces Gustav, por sorpresa y en apenas tres segundos, empujó a uno de ellos y, casi a la vez, le dio una patada al otro en la mano derecha. Al instante, las dos navajas estaban en el suelo. Pasada la sorpresa, los guardias intervinieron y todo quedó en anécdota, pero, claro está, Gustav pasó de extraño visitante a héroe popular en apenas unas horas. El alcalde, visto lo visto y hasta las narices de que en la capital no se molestaran ni en menospreciarlo, lo puso en libertad y le dio un permiso de trabajo. A partir de entonces, Gustav fue uno más: marinero cuando lo contrataban, jornalero en el campo cuando se terciaba y hasta pastor de cabras alguna temporada. Se casó con Teresa en mayo de 1942 y tuvieron tres hijos, dos morenos y una rubia. Y nunca le contó a nadie lo que había sucedido en el submarino.

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